
He notado sus lágrimas en mi todas las noches desde que ella era niña, he visto su sonrisa borrada por un adiós y su alegría por un momento especial.
Hoy esta apoyada en mí como tantas noches mirando la luna y paseando sus dedos por mi barandilla, tatarea una canción, una de esas que no oigo en la radio de los coches que pasan o en la televisión de la habitación de al lado, y que solamente la puedo escuchar cuando ella la canta, apoyada en mi por las noches o en la silla de al lado acompañándola con la guitarra.
Solían ser tristes y la melodía lenta pero desde hace años son distintas, son alegres y llenas de vida una vez al mes como si predijera que el próximo día amanecería con un sol radiante e invisible que solo a ella le da calor y esas energías para recibir a su visitante.
Son visitas que la destrozan los nervios esperando a que llegue la hora, visitas en las que no sabe que ponerse y se tira horas cocinado esa comida de olor tan delicioso que no se probará.
Termina la canción y su voz aterciopelada se apaga dejando oír el tráfico de la calle que discurre sin prisa, veo como riega la planta de mi izquierda con amor y cariño. Desaparece por la puerta camino a su habitación, tal vez no duerma esta noche y piense lo que me contará en otra de sus canciones dentro de dos días, que me contará de ese día que queda por venir, que me dirá nuevo de ese visitante de tantas veces que nunca he visto.
Ha amanecido y empiezo a oír el ruido en la cocina, como saltan las tostadas en la tostadora y el olor a café recién hecho, que llega a mi.
El ruido de los platos en el lavavajillas, y sus pasos alejándose y arreglarse para ponerse guapa para su visitante.
Veo el reloj de una de las ventanas que conecta conmigo y miro como pasan las horas, hasta que ella aparece, dando pequeños saltitos y cantando, se apoya en mí con cuidado para no arrugar su precioso vestido rojo, busca con la mirada un coche o una persona, algo que la indique que él ya está aquí.
Pasa el tiempo y la noto impacientarse, camina de un lado a otro, parece bailar mientras camina y entonces se oye, un pitido agudo, otro, es el timbre y todo se para ella sale bailando hacia la puerta, la oigo abrirse y el silencio de un largo beso. La puerta se cierra dejando una paella caliente en la mesa mientras ellos desaparecen.
Pasa el día y por la noche la puerta se vuelve abrir, ellos desaparecen entre risas y suspiros y la noche pasa mientras yo hecho en falta su presencia y sus canciones melancólicas.
La mañana empieza y ya la noto a mi lado, está triste y feliz a la vez, oigo las primeras notas en su garganta que callan al no poder expresar lo que siente. ¿Qué la pasará?.
Oigo otros pasos, nuevos para mí y por fin veo a ese visitante mensual, le veo por primera vez y como la abraza contra sí, la besa en el pelo y le oigo preguntar:
-¿Estás lista?
Un pequeño ¡si! sale de su garganta perdiéndose en el aire. Los dos salen y durantes días los oigo trajinar por la casa, me acumulo de cajas, y un día desaparecen todas, y la veo después de tanto tiempo, se acerca a por su planta y a murmurar adiós.
No sé si me lo dirá a mi, si sabrá que la he visto y oído siempre, que me encanta escucharla cantar y en sus canciones sus sentimientos.
-Nos vamos
El visitante ha venido a por ella la tiende la mano y ella la acepta, se gira hacia mí y la veo triste, suelta una lágrima y se abraza a él.
Se abre y se cierra la puerta, se hecha la llave y el cerrojo, y cuando voy a mirar el reloj de la habitación de al lado para contabilizar el tiempo me fijo que ya no está. Que ya no hay nadie, que después de tanto tiempo se ha marchado fuera de mi vista y de mi oído dejándome solo en un piso esperando nuevos habitantes pero ninguno será como ella, que llenaba este pobre balcón de vida y color.